11 Nov

Las casualidades, las putas casualidades

Hace dos semanas llegó a mi buzón un sobre de Midt regionmidtjylland. Soy una persona pusilánime y suelo ignorar durante algunos días las cartas con membretes oficiales. Sospecho sin motivo que traen malas noticias y las dejo morir o reposar en las esquinas de mi escritorio. Imagino que me reclaman una deuda inmensa que olvidé pagar o que unos funcionarios diligentes y perspicaces han descubierto que no cumplo todos los requisitos para residir en el país y han decidido, sin posibilidad de reclamación o queja, deportarme en pocos días. El embargo de mis cuentas por parte de la oficina de hacienda, o peor aún, el dolor imaginario a separarme de mis hijos y el miedo consecuente a un exilio incierto y en soledad se me hacen insoportables, tengo mareos que mueven a la compasión a mis colegas más empáticos y pesadillas constantes que intranquilizan mi conciencia en el duermevela, imaginando y sufriendo las noticias que, muy probablemente, nunca me ocurrirán.

La carta dormita amenazante, y yo la miro de reojo mientras me siento a corregir ejercicios o preparar desganadamente las clases. Ahí está con su forma de octavilla funcionarial y aséptica, sin sentimientos y por lo tanto capaz de herir con eficacia y sin remordimientos al destinatario más ufano. Supongo que esa forma intolerable e inútil de posponer lo imposponible, de retrasar decisiones para aumentar la angustia es una parte sustancial de lo que soy, de ese sufrimiento innecesario y cristiano en el que he sido educado. Por qué evitar esa angustia –me pregunto– si se puede prolongar hasta incorporarla dentro de uno mismo, hasta hacerla propia, inseparable aunque dañina, igual que una herida o un dolor débil pero persistente (la costra de un rasguño en la rodilla, el hombro derecho ligeramente dislocado, una infección de hongos en el glande, que cosquillea y pica) que se añora, cuando al fin, encariñado uno ya con esa forma de persistente incomodo, abandona el cuerpo, y al despedirse, la separación le produjese un amargo vacío, una nefasta sensación de desamparo.

La carta sigue ahí mientras anoto en mi cuaderno los asuntos pendientes de la semana: llamar a mis padres –escribo–, limpiar el plato de la ducha, hacer la cama, poner los deberes en el horario electrónico, terminar mi cuento; una larga lista, innecesaria, como el dolor ficticio o provocado que describo y recreo, cansina enumeración de obligaciones que se corresponde con enervante exactitud con las tareas que hago o debo hacer, cuya única misión es dotar de sentido simbólico y burocrático a las actividades cotidianas: escribir a la editorial, comprar fruta en el supermercado, decidir mi porvenir… Vuelvo a mirar y el sobre permanece allí, cerrado, desafiante, rodeado de un inquietante silencio. Sigo anotando: tender la ropa, avisar al electricista, recordar cuándo fue la última vez que tuve un orgasmo intenso, buscar para el banco los papeles de mi pensión…Hago una pausa y motivado tal vez por la presencia de esa extraña carta empiezo a corregir el cuento que dejé a medio acabar la semana pasada:

 «A Marcos le hubiera gustado imaginar que un día al levantarse, como al pobre de Gregorio Samsa, el cuerpo se le hubiera  transformado, sin explicación ni aviso,  en una cucaracha o insecto, y que perplejo y desasosegado, incapaz de reconocerse, después de haber intentado sin éxito, palpar su cuerpo, mover las extremidades como solía,  levantarse de la cama,  claudicante, hubiera cerrado los ojos, o lo que ya para entonces fueran, con vehemencia, apretándolos como si quisiera destruir la luz que      quedara dentro de ellos,  y se hubiera dejado morir mientras  soñaba que se arrojaba al vacío o volaba. Le hubiera parecido que esa forma extensa y contundente de ruptura de la normalidad, ese accidente abrupto y repugnante en su cuerpo, que lo expulsaba de sí para ser otro o nadie, lo eximía de la responsabilidad de equivocarse, de tomar decisiones, de deteriorarse, de dudar. Era la   nada después de una prolongada rutina. Un destino incontestable en el que desaparecer sin juicios, ni tránsito, ni indeseada espera. Súbitamente, como castigado y redimido al mismo tiempo. Y Marcos sentía, liberado, casi feliz,  que ese absurdo resquebrajamiento de su existencia, ese dejar de ser lo que uno fue en apenas un instante, cobraba sentido, obraba una suerte de justificación vital…»

La decisión de Marcos, su osadía (o inconsistencia), su falta de miedo o su pánico total me impiden continuar. Necesito un respiro. Interrumpo la redacción de mi cuento y me apresuro a escribir en mi cuaderno: reparar la bicicleta, subir la estantería blanca a la buhardilla, comprar paracetamol en la farmacia, renunciar a mis sueños, organizar el viaje de navidad, pedir un anticipo a la editorial… y casi sin poder evitarlo continúo, más mecánicamente que por voluntad propia: abrir el sobre del hospital…, e inmediatamente después lo hago.

Es una invitación, dice con ironía el encabezamiento de la carta, para hacerme un screening de detección precoz de cáncer intestinal. Dentro, otro sobre cuenta con instrucciones precisas y dibujos cómo recoger con un cepillo minúsculo mis excrementos, encapsularlos y enviarlos por correo en otro sobre franqueado a un destinario institucional y desconocido. Lo leo todo atentamente: La carta me advierte que la invitación no es relevante en caso de que ya haya tenido cáncer intestinal o de que vaya a controles regulares de pólipos. También, respetando –cómo no– mi libre albedrío, me informa que si no deseo participar en la prueba –es decir, interpreto, si no deseo prevenir la enfermedad– basta con ignorar el correo. Agradezco esta consideración anónima y vuelvo a colocar todo con cuidado –un sobre cerrado dentro del otro medio cerrado–, lo abandono en una esquina del escritorio –la misma en que la encontré– , y agarrándome a ese pequeña porción de libre albedrío que debe quedarme vuelvo a mis labores.

 «…Sabía que uno –salvo suicidio– no puede elegir su muerte ni su deterioro y por eso imaginaba, con la constancia testaruda del que cree mágica y contradictoriamente que el pensamiento o el deseo pueden transformar la realidad –sabiendo en silencio que no   puede–,  ese sueño recurrente, necio e irracional, que sin embargo, buscaba calmar un íntimo desasosiego.

Era precisamente por esta convicción, tan profunda como oculta,  que los gestos y señales que su cuerpo le iba emitiendo  contrariaban su propósito y condenaban su sueño. Había aparecido de pronto, sin anuncio, y ahora que ya parecía asentado se iba manifestando pausadamente, como un mal abstracto, casi inidentificable, que había llegado para quedarse, para agriar para siempre aquel sueño irracional. Primero empezó a notar un cansancio impreciso y lánguido, que se fue asentando en sus extremidades, que fue llenando de un dolor suave y blando sus rodillas, guareciéndose en sus ojos, para más tarde inyectar en su mirada una falta de brillo. Cuando al salir de casa se montaba en la bicicleta notaba Marcos que una desgana viscosa y envolvente se iba apoderando de él, desanimando el impulso cada vez menos rítmico de sus pedaleos, dificultando la respiración, que rápidamente, apenas iniciaba la marcha, mucho antes de encarar la primera cuesta, se volvía forzada, agitada, como de enfermo. Algo, pensaba Marcos, que no se correspondía con aquel hombre que él creía ver en el espejo…».

Dejo a conciencia pasar varios días en los que engaño o distraigo la espera con la excusa del trabajo, las imposponibles tareas, una cita con mi asesor fiscal, la lectura demorada de tragedias en el mundo: atentados, suicidios, estafas masivas, estudios concluyentes sobre los efectos cancerígenos de la carne roja, inmigrantes sirios llegando agonizantes a la isla de Lesbos, refugiados de todo el mundo intentando saltar las inumerables vallas y barreras que convenientemente hemos ido levantando; amenazas todas, a las que una distancia protectora las convierte en irreales, más hipotéticas que posibles, ajenas por ser de otros, por ser tragedias asignadas con alivio a esos que ya ni siquiera llamamos prójimo. Dejo, no obstante, que la hipocondría y la aprensión, y quizá lo poco que queda de mi mala conciencia, se apoderen de mí, como esperando, milagrosamente, que mi cuerpo, saturado de miedo y de angustia reviente, o se cure, se libere, como cuando uno decide ante un apartamento sucio y desordenado –su propia morada– no recoger la basura, no quitar las camisetas y calzoncillos tirados por el pasillo, no limpiar los restos de comida que quedaron sobre el mantel, dejar que el líquido de los vasos se empaste, se solidifique, pierdan la extraña dignidad que alguna vez tuvieron, dejen de ser leche o zumo o güisqui, convertidos en restos, vestigios, huellas borrosas de lo que fueron; que el semen pegado en las paredes de la ducha, los pelos escondidos entre las sábanas, las uñas mal cortadas apresuradamente en el zaguán de la casa, los bocadillos ya enmohecidos y olvidados en la mochila, los mil papeles impresos con notas caducadas, con esquemas incompletos, con dibujos de corazones o margaritas, o estrellas, o grafitis desesperanzados, poemas sin inspiración y con prisa, que toda la invisible decrepitud y decadencia que asola nuestro devenir, camuflada entre poses, olvidos e imposturas, se acumule, se manifieste, se haga evidencia y por tanto amenaza, existencia, realidad.

 «… Marcos había observado su cuerpo con atención, como quien lo somete a un examen exhaustivo y complejo, intentando descubrir o detectar alguna enfermad terrible que explicara ese desgaste que decía creer sufrir. Observando las manchas y lunares  de su cuerpo para saber si se habían producido cambios o desplazamientos grandes; palpando sus testículos en busca de protuberancias, bultos, hinchazones; toqueteando sus ganglios linfáticos de las axilas, del cuello, de debajo de la barbilla y la mandíbula, de la ingle; buscando inútilmente una inflamación fatal y definitiva. No encontraba, sin embargo, signos externos de esa dolencia que contra toda señal empezaba a hacer mella en él. Su aspecto físico externo parecía bueno. Incluso sus colegas insistían de manera aparentemente sincera en que se conservaba muy bien, comentario que lejos de animarlo lo desplazaba a una especie de melancolía e interpretaba como una conspiración de todos escondiendo su secreto mal, un acto, en definitiva, mortificante, de compasión o desprecio…».

El sueño en la noche va y viene con una deslealtad zahiriente como anunciando un mensaje cifrado, una advertencia o un enigma. Algunos días siento que la parte derecha de mi cuerpo se me entumece, que tengo dificultades para mover algunos miembros con libertad y soltura: la mano que se adormece, el tobillo que se engancha, el ojo que guiña involuntariamente, que sufre un tic imperceptible pero molesto, el dolor en los testículos, los pelos que me crecen velozmente y sin orden en la nariz y en las orejas. Me miro en el espejo del baño, desnudo y desesperanzado, y veo un hombre de edad madura, envejecido, sin el vigor ni el deseo de la juventud, sólo reconciliado consigo mismo cuando consigue ralentizar el ritmo de la vida, el transcurso de lo que pasa, cuando tiene la ilusión o el acierto de aprehender momentos, de acariciarlos, cuando el dolor o la felicidad se ve o se huele, tiene tacto y forma y consistencia y casi parece que se puede dejar guardada en una de las estanterías de la habitación. Sólo entonces, desde esa tristeza, consigo verme en el espejo como el otro que soy, como un objeto lejano, igual que las tragedias sobre las que leo y me confieso solidario pero pasivo, concernido pero distante, y es en ese momento, digo, trascendental aunque lo ignore, cuando puedo escribirme y pensarme.

Salgo de la ducha, me visto rutinariamente, como ignorando y negando el placer de cada secuencia, de cada acto insignificante, y me dirijo de nuevo a mi escritorio mientras me visto con desatención y premura. La mesa desordenada, montones de papeles apilados en el lado derecho, mi ordenador como haciéndose hueco en medio de tanto caos. Enciendo la pantalla y vuelvo a ver mi rostro reflejado en el verde oscurísimo, casi negro, del portátil. Ya no estoy desnudo pero sigo viendo en el reflejo a ese desconocido que quizá sea yo también. Escribo de nuevo sobre mí mismo pero sin ser ya yo, extrañado y alejado, más libre para entenderme. Tiene otro nombre, pero no deja de ser yo en parte, se me parece, aunque casi nada de lo que le pase me afecta o entristece. Es como una noticia, la tragedia de otros, un relato.

Haces una pausa en la escritura. Separas la silla del escritorio, vuelves tu cabeza hacia atrás, te restriegas los ojos, te estiras, bostezas. Miras alrededor: una montaña de tareas, trabajos por corregir, facturas pendientes. Consultas la agenda: 12 de noviembre de 2015. Tu cumpleaños. Siempre has intentado ignorar la fecha, no celebrarlo, no concederle ningún espacio en tu vida. Hoy es como si hubieras decidido hacer una acto contradictorio y contrario (al menos a los principios que has venido enarbolando). El móvil y facebook conspiran también en esta deserción y empiezan a revelar tus secretos. Cumples 50 años y miras otra vez hacia la esquina derecha de tu escritorio, allí donde relegaste el sobre con las instrucciones exactas para recoger tu excremento, para analizar y registrar tus pulsiones biológicas de muerte.

Qué mas da, te dices. Abandonas del todo el texto que escribías y anotas en tu libreta: corregir una tesina, mandar ejemplares a la librería Tranquebar, recoger a mi hija en la escuela de música. Sigues las instrucciones al pie de la letra. Extiendes el hule sobre la taza del váter, defecas e introduces la varilla con sus minúsculas pestañas dentro del excremento. Giras hasta asegurarte que toda la escobilla está recubierta de mierda. Tiras el hule al interior del retrete y pulsas la placa de accionamiento de la cisterna. Luego cierras herméticamente la cápsula, le pegas una etiqueta adhesiva con tu nombre y tu número de identidad y la introduces en un pequeño sobre acolchado del tamaño de una octavilla; lo dejas todo bien dispueto sobre una esquina de tu escritorio. Afuera el otoño amarillea el paisaje y unas niñas saltan a la comba en el jardín de la comunidad. Parece que aguardan alguna noticia.

Anotas para luego tachar: recoger la mierda con la escobilla y enviarla encapsulada a un laboratorio clínico, reconciliarme conmigo mismo, comprar bollos con mantequilla para mis alumnos; decir en la sala de profesores que hoy es mi cumpleaños, y que a pesar de los conjuros he decidido no dejarme morir. Cenar con mi familia en un restaurante ecológico simulando que la vida sigue y que aunque lo ignoremos todo tiene sentido: el envejecimiento, el dolor, el olvido, la muerte, la incertidumbre, las casualidades, las putas casualidades.

                «Feliz cumpleaños, Marcos».

 

 

 

4 thoughts on “Las casualidades, las putas casualidades

  1. Me ha parecido un relato excelente. Una elegante forma de tratar de razonar sobre lo “irrazonable”: el paso del tiempo, el deterioro funcional, gradual pero real. En definitiva, como dice el autor, reconocernos como un objeto lejano al compararnos con nosotros mismos en un tiempo anterior.
    Se me ocurre que la preocupación, tanto de Marcos como del autor, tenga que ver con el reconocimiento del “doble cuántico” que todos tenemos, pero que pocos han conseguido reconocer para mejorar su propia existencia.
    Invito a escuchar al Dr. Jean Pierre Garnier, físico autor de la “teoría del doble cuántico” (https://www.youtube.com/watch?v=mNwUkCdolgg). En resumen, sugiere que cada uno de nosotros tenemos un doble, que simplemente somos nosotros mismos capaces de viajar y ver en otras dimensiones, siendo el momento del sueño cuando es posible establecer comunicación entre ambos para mejorar la toma de decisiones. Y muchas veces es a través de las intuiciones la forma en la que el “yo” cuántico trata de advertir y aconsejar al yo “real”. No sé si será también fruto de la casualidad, pero llevo dos semanas dándole vueltas a este tema; y el cuento de Marcos me lo ha recordado…

    Un saludo
    Javier

  2. Querido Lucas.

    Primero que nada, Feliz cumpleaños!! En el país más feliz del mundo…no será difícil. Debo decir que me ha gustado mucho tu cuento, un cuento donde muchos (sobre los 50) se verán reconocidos porque toca el tema de la hojarasca humana que es continua, pero que a partir de esa edad se hace antipáticamente más evidente. Mientras lo leía veía que más que casualidades se trata de escondidas causalidades propias del existir humano. Lo increíble, como Marcos, es que todos pensamos que es algo que nos ocurre a nosotros en tanto individuos y no atinamos a pensar que es un fenómeno colectivo que auspicia las técnicas del disimulo y de la prótesis. (Extrañas asociaciones super-ponibles al final del cuento que nos lleva al polvo que somos y en el que nos convertiremos). Del excremento en la bolsa clínica pasamos al amarillo del otoño, de allí a los bollos con mantequilla, cena en restaurante ecológico. Ingestión y digestión que me hace pensar en la novela de Nathalie Nothomb “La métaphysique du tube” (que es en el fondo lo que somos, y más acentuadamente, al inicio y al final de nuestras vidas).

    Sin duda me ha gustado mucho este relato, Lucas. Sigue adelante!

    Un abrazo

    Claudio

  3. Feliz cumpleaños Lucas:
    Puedo ver que sigues sorprendiéndome.
    Mi interpretación del cuento es menos metafísica o no, y recurro a Antonio Machado en su vertiente pedagógica y filosófica, y entiendo que en tu cuento depuras el lenguaje meramente retórico y muerto para acercarlo a lo vivo y natural.
    Un saludo, y como siempre, te tengo en mis «favoritos» 😉

    (Mairena, en su clase de Retórica y Poética.)

    —Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

    El alumno escribe lo que se le dicta.

    —Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

    El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

    Mairena.— No está mal.

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