15 May

La música en El esquiador de fondo

Esta es la música que aparece en algunos pasajes del libro El esquiador de fondo. A veces es una simple referencia; otras,  una melodía que suena de fondo y que recorre toda la historia; las más,  una música que inicia un relato dentro de otro relato.

Así por ejemplo escuchando las ’Improvisationer’ de Thomas Koppel, en ’El náufrago metódico’, pp. 32.

 

Al colgar he apagado la luz blanca y aséptica del techo. Demasiada claridad para mi estado de ánimo. Mi despacho ha quedado en penumbra. Un tenue hilo de claridad penetra débilmente por la ventana que da a mi mesa. Estoy sentado en una posición relajada, feliz la suelo pensar: los pies encima de la mesa, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, pero no mucho, la espalda algo combada contra el respaldo de la silla; el pequeño flexo iluminando el texto por el lado izquierdo. Suena de fondo, enigmática y casi imperceptible, una pieza de piano de Thomas Koppel, “Improvisationer”. Busco crear una atmósfera que me limpie del hastío moral y la indiferencia que siento. Enterrar la conversación con mi padre, renunciar a la responsabilidad moral que corresponde a cada una de mis actos, a cada una de mis omisiones. Hay veces –me digo–, cuando el alma se resiente y el corazón se resquebraja, en que la poesía se convierte en un bálsamo con el que curar heridas y lamer llagas que supuran. Leo en voz alta –sólo así sé leer poesía– unos versos de Luis Rosales. Imposto mi voz, me siento otro y recito:

 

Autobiografía

«Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir;

y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores… »

 

Thomas Koppel, ’Improvisationer’, en ’El náufrago metódico’, pp. 32.

 

Rafaella Carrá, ’Para hacer bien el amor hay que venir al sur, en ’El oráculo de Rupiá’, p. 47

 

Fue paseando por La Herradura, el pueblo donde veraneamos, donde vi, entre los topmantas que se ponen a la caída de la tarde en el paseo marítimo –o creí ver–, un oráculo de características muy similares al que pertenecía a Yacomo. Severo Abogo, un amigo guineano de Bioko, lo tenía sobre su esterilla, y me lo ofreció.

– Cómpralo, tiene buen precio y funciona perfectamente –me animó.

Lo dudé porque, aunque honesto de natural, no pude menos que sentir la atracción –la tentación debí decir– que semejante instrumento ejercía sobre mí desde mi estadía en Rupiá.

– Escucha, amigo –me dijo Severo.

Y del teléfono –y esto me disipó toda duda– salía la melodía de Rafaella Carrá cantando para-hacer-bien-el-amor-hay-que-venir-al-sur. Al sonar, la pantalla se encendía y en ella se veía en movimiento a un hombre de unos treinta años, de pelo ensortijado y complexión atlética –o algo muy cercano–, un romano de las películas de Cecil B. DeMille, haciendo piruetas de contorsionista iyengar sobre una playa nublada. Más atrás una chica joven, que me recordaba a María Betania en la época en que cantaba ‘Sol negro’ con Gal Costa, se esforzaba en hacer una peonza sobre la arena mientras al fondo, ya muy retirado, un yate que fondeaba en la bahía, acogía en su popa a un grupo de velinas, que bien podrían confundirse con las chicas de la despedida de soltera que vi la última noche en Rupiá.

Maria Betania y Gal Costa, ’Sol negro’, en ’El oráculo de Rupiá’, p. 47

 

Hemos desayunado en silencio, tú leyendo el periódico, yo ojeando en mi teléfono los mensajes de Gloria –quizá hable de ella en otro momento–. Poco después, así lo sentí, yo ya estaba en el instituto, sentado delante de mi ordenador y ante mi cuaderno, con un regusto amargo, inquietante, provocado por el desayuno sombrío. Nada más abrir el cuaderno empiezo a anotar vivencias que sólo están dentro de mí. Hago un esfuerzo, pero me alejo, me abismo. Camino como si una burbuja ligera y protectora me envolviera, como si me alejara del espacio que piso, los pies sobre una escalera que parece mullida, mis manos sobre el teclado de un piano, pero sin sentir el tacto afilado y frío de las teclas. Escucho las variaciones Goldberg. La música me protege. Saco mi petaca y bebo un trago de whisky. Todos mis colegas parecen trabajar concentrados en la sala, mientras yo, distraído, me dejo embaucar por el sonido del piano, la bruma triste que se divisa desde la sala de trabajo. Me pierdo en el perfil mágico de la torre de agua que a mi izquierda se erige como un enigma, un anacronismo bello y detenido. Afuera en el pasillo una colega habla por teléfono y gesticula cómicamente mientras yo sigo aquí, instalado en esta membrana invisible, que sólo yo siento, pero que me hace extraño, extranjero al mundo que observo. Como si de pronto estas personas que me rodean hubieran dejado de ser mis colegas, individuos hacia las que siento afecto, envidia, deseo, para ser unas piezas animadas, pero deshumanizadas, como peones en mi imaginación, actuando eficazmente en un plano de la realidad en el que ahora no estoy. Y tampoco lo deseo. Es una experiencia sinestésica, donde la música de Bach tiene olor y forma y los cuerpos cercanos, pero tan ajenos de mis colegas, contienen sueños, angustias.

Bach, Variaciones Goldberg, Glenn Gould en ’El hombre sin memoria’, p. 56

 

Suena el tango: Volví por caminos viejos, volví sin poder llegar y al prestar atención a su letra me desconcentro aún más. Apenas puedo seguir el ritmo porque al tiempo que quiero retener todas las instrucciones de la profesora también me propongo mirarte a los ojos. Quiero sentir la música, dejar que penetre dentro de mí. « Mira a los ojos », me dice Birte o me digo yo, y al mirarlos tengo la desazonante sensación de que nunca los he mirado antes, de que no te pertenecen, de que no me pertenecen, de que nunca me has pertenecido. Una especie de pánico o desazón se va adueñando de mí hasta hacerme creer que el hermoso rostro que tengo tan cerca, identificable, bien definido, un rostro que besé tantas veces, a través del cual escuché tantas palabras, el rostro que cada mañana, sereno, con la respiración acompasada y profunda, ligeramente ladeado hacia el lado derecho en el que yo duermo, es un rostro que he visto tantas veces … y nunca. Los labios están resecos y la boca gentilmente cerrada. Duermes con hermosura y elegancia. Tristeza de haber querido tu rubor en un sendero. Tristeza de los caminos que después ya no te vieron…

Florián Navarro, ’Milonga triste’, en ’El hombre sin memoria’, p. 56-7

Llego a casa por la tarde después de un largo día de trabajo, extenuado pero también confundido por la experiencia con mi madre. Mi mujer está en la cocina. Es una cocina anticuada, descuidada y pequeña, malpintada de un color naranja cálido, con muebles viejos, poco espacio. No se ha dado cuenta de mi llegada. Estoy parado en el quicio de la puerta y ella al fondo, al lado de la ventana que da a un hermoso patio interior. Viste un vestido negro de tul que apenas esconde el delantal beige que lleva puesto encima. Está concentrada en lo que hace: corta unas patatas con precisión y delicadeza. Tiene puesto el ipod y no puede sentirme. No sé por qué –¿o sí? – imagino que escucha Che faró senza Euridice? cantada por Andreas Scholl. Puedo escuchar la música y el silencio cálido y distante de mi mujer al mismo tiempo. Y me siento como Orfeo saliendo de los infiernos. Observo sus manos fuertes, su gesto concentrado, la postura ágil y liviana de su cuerpo. La veo de perfil, silenciosa y transparente. La contemplo en silencio, admirado de su recogimiento, del disfrute con que se empeña en la tarea. A pesar de la distancia, casi la puedo tocar con la yema de mis dedos y siento momentáneamente como si recuperara de pronto toda la paz perdida. Me he acercado con sigilo por detrás, sin que ella pudiera notarlo, he buscado su nuca y la he besado suavemente: Jeg elsker dig, le he dicho. Se ha girado sin sorpresa, con suavidad, con un balanceo armónico, de derecha a izquierda. Hay una luz extraña en su rostro, una luz que le brilla desde dentro, que trasciende su cuerpo y me contagia. E intentando no mirarla a los ojos, recordando la promesa fatal de Orfeo, le he dicho despacio y muy bajito:

 

– Volúbilis.

– ¿Qué? –ha preguntado extrañada haciendo brillar sus ojos verdes o azules, desarmándome con una sonrisa de sal y vida.

– Quiero que vayamos a Volúbilis –le he dicho–. Y el miedo al rechazo me atenaza.

 

Inopinadamente Lucía ha entrado en la cocina y con sus gritos y zarandeos ha roto el embrujo del momento. Se ha enredado entre nuestras piernas haciendo cucú cucú y escondiéndose.

Y mi mujer sin preguntar, sin esconder su extrañeza, sin ocultar su confusión, sin negarme su temor me ha respondido:

– Iremos adónde tú me digas.

 

Y al decirlo, como si de un hechizo se tratara, sus ojos han perdido el brillo, sus pupilas se han abierto hasta abismarse. No he podido resistirlo y he desviado mi mirada hacia la ventana de la cocina, la que da al jardín interior de nuestra casa, y sin explicación ni consuelo he vuelto a ver pasar aquellos coches grandes, lentísimos, de mi infancia: un milquinientos, un dodge, un seiscientos, un gordini…

Che faró senza Euridice, Andreas Scholl, en ’Volúbilis’, p. 82

 

Nuestros hijos, ignorando con felicidad excesiva lo que ocurre, desde sus habitaciones arman involuntariamente un alegre jaleo de músicas y gritos. Marius toca el contrabajo en su cuarto, desde donde se escucha una melodía inconstante, a ratos melódica, a ratos desafinada. Luise ensaya, usando una zanahoria como micrófono, el “Womanizer” de Britney Spears, mientras Sarah, con sus tres años recién cumplidos, juega a ser –en un dulce y encantador ataque de regresión– un perrito que ladra y se hace caca por el pasillo.

 

Britney Spears, ’Womanizer’, en ’La visita’, p. 88

 

El cansancio después de casi seis horas esquiando ha empezado a hacer mella en él. Sube una colina algo empinada. Bebe agua a sorbos cortos, suda abundantemente, a veces resbala su esquí derecho. Aunque no lleva auriculares escucha el piano de ‘The Road’ de Nick Cave y Warren Ellis. La melodía parece provenir del bosque e intenta con las fuerzas que le quedan combatir la presencia de la música para no distraerse. No sabe cómo librarse de ella. Quizá la haya escuchado esa misma mañana y su recuerdo se esté apoderando de él y con ello de las pocas fuerzas que le restan. Ha vuelto a resbalar con su esquí derecho. Probablemente el esquí necesite más cera. Debería parar pero sólo desea llegar a casa, ducharse con el agua muy caliente, enjabonarse su cuerpo dolorido; ya se imagina tumbado en el sofá, junto a la chimenea.

 

Nick Cave og Warren Ellis, The Road, ’El esquiador de fondo’, p. 97

 

Me resulta extraño relatar mi propio viaje, volvérmelo a contar como si fuera invención, como si yo no hubiera estado allí, y fuera el protagonista distante y lejano de un relato. Yo sé que no es así porque recuerdo con detalle todos los momentos del viaje: la salida tardía –más tarde de lo previsto– de Århus, las dos paradas para repostar antes de llegar a Berlín, la lluvia persistente, incómoda durante casi todo el trayecto, el bandoneón de Astor Piazzolla o la voz ingenua y juguetona de Madeleine Peyroux cantándome half the perfect world. Estuve allí, lo sé, tengo las facturas de la gasolinera, el tiquet de los lavabos –pagué con tarjeta porque no tenía cambio para la máquina–, el sabor del capuchino que tomé para no quedarme dormido, el inglés con acento alemán con que me atendió la recepcionista para darme la bienvenida. Recuerdo el sobre en el que metí la llave electrónica de mi habitación, una tarjeta de plástico como las de crédito con su cinta magnética que había que pasar para hacer funcionar el ascensor. Park inn decía, y veo mi dedo pulsando el botón 11, habitación 117 y siento todavía el cosquilleo en el estómago, un vértigo de niño entusiasmado, como cuando el coche, demasiado rápido, sube y baja cuestas.

Astor Piazzola, ’Libertango’, en ’El esquiador de fondo’, p. 100, 101

 

Madeleine Peyroux, ’Half the perfect world’, en ’El esquiador de fondo’, p. 100

 

Una hora antes –¿o después?–, veo la ópera –primera fila– y el foso con los músicos de la orquesta y el rostro de Lotte, que se superpone caprichosamente al de la camarera y me dice un adiós definitivo, mientras mis hijas, desde la cocina de la cabaña, me desean feliz viaje. Escucho a Mario Cavaradossi cantar su romanza a la espera de su ejecución en el castillo de San Angelo y mi móvil sonar, abandonado sobre la nieve ensangrentada. Siento la palma de la mano volviendo a experimentar la vivificante frescura de la lluvia y miro hacia el cielo buscando con desesperación la torre gigante de televisión en Alexander Platz. Noto cómo todas mis funciones vitales se aceleran y veo entonces a Nico censurándome amablemente mi actitud distraída durante toda la velada y la mirada indulgente de Lotte desde el zaguán de la cabaña. Y siento todavía el cosquilleo en el estómago, un vértigo de niño entusiasmado como cuando el coche, demasiado rápido, sube y baja cuestas.

Giacommo Puccinni, Tosca, ’E lucevan la estelle’ , p. 101-102

 

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