5 Sep

Audiolibro de ‘Una leyenda de extranjeros’, El esquiador de fondo

Audiolibro: ‘Una leyenda de extranjeros’

Una leyenda de extranjeros

Del libro de relatos de Lucas Ruiz, El esquiador de fondo (Círculo Rojo, 2014)

 

A José María (Chubi) y Jesús (Chu),

en la Plaza de la Estación de Århus. Hace ya tanto tiempo


Sé que hay gente que vive por ahí en el extranjero por motivos de trabajo. Ha obtenido uno de esos puestos de ensueño como director comercial de una multinacional, diplomático, funcionario, profesor del Instituto Cervantes, corresponsal, qué se yo, algo que cuando se lo cuentan a uno queda impresionado –tal vez acomplejado– y con un poco de envidia: ¡Caramba qué espabilada es la gente … y qué lista!

 

Hay gente de este tipo –lo sé–, aunque debo reconocer que yo no conozco a mucha. Me consta que existen porque leo de ellas en los anuncios y en los periódicos y porque mi madre o alguna de sus vecinas más beligerantes así me lo han referido. Existen lo sé, pero lejanamente, como en un relato distante y con tintes de fantasía. Una leyenda de extranjeros –me digo con ánimo celoso de conformarme–. Dejémoslo ahí.

Yo en cualquier caso nunca he pertenecido a ese grupo sino a este otro, del que sospecho somos legión, que trabajamos en lo que nos va saliendo. Aquí o allá, unos con más suerte que otros, para ir tirando: somos la nómina voluminosa y gris, anónima pero viva, de los inmigrantes; nada de una elección meditada y preparada, sólo improvisación y destino. Suerte o … mala suerte. Gente dispuesta a tomar cualquier trabajo por debajo de sus cualificaciones –menuda presunción– con tal de ganar dinero, prosperar, mantenerse, sobrevivir…

 

Hace algunas semanas el taxi que tomé a Barajas lo conducía un colombiano, reservado pero cordial, que había vivido en Málaga. Informático, según me aseguró. Su relato, decorado con tiros y secuestros de las FARC, concordaba con lo que digo. Aquí, en Århus, las calles de mi ciudad también están llenas de conductores de taxis ilustrados con una licenciatura en Sociología o una ingeniería mecánica, políglotas silenciados por los programas de estudios y las convalidaciones del hospitalario país anfitrión, médicos enfermos de soledad al mando de un mercedes con publicidad obscena de alguna agencia de viajes. Efectos de la globalización –me dicen.

Pero no he empezado a escribir esto para lamentarme sino para intentar contar una breve historia, que como siempre, es un poco la mía. Me pasó hace mucho tiempo y ahora que se ha hecho vieja, como yo, puedo empezar a contarla. Ahí va:

 

«Se lo advertí a mi madre con un tono de falsa amenaza al otro lado del teléfono.

– No vayas a decir que me dedico al periodismo.

 

Y ella sonrió, y calló y se rió disimuladamente, pero no tanto, porque yo la oí, hasta que al final, como quien cae en la cuenta, preguntó, ingenua y salvaje:

– Y digo yo, ¿y por qué no?

– Mamáááá, por favor –protesté sin vislumbrar posibilidad alguna de éxito.

 

Yo había llegado no hacía tanto tiempo a esta ciudad, con el ánimo intacto, un optimismo a prueba de bombas y el descarado desparpajo que da el no tener ni la más puñetera idea de adónde me había metido. Esa es quizá la receta perfecta para escaparte: no preparar la fuga, no tener plan b; no tener plan a. No tener plan. No saber contestar a esa inquietante pregunta de y ahora qué.

 

Así es como empecé mi aventura laboral en Dinamarca que, intuyo, concuerda con la del taxista colombiano y la de otros muchos emigrantes, cuyo único plan es … ya hemos llegado aquí y ahora ya veremos. Después de intentar denodadamente, y sin éxito, conseguir trabajo en lo mío, para lo que según mi título estaba capacitado, es decir, en el nivel exacto de mis cualificaciones, decidí buscar trabajo en lo otro, o sea, en cualquier cosa, en mi caso, y obligado como siempre por esa ley siniestra y certera de la oferta y la demanda, como repartidor de periódicos.

 

De los muchos oficios y lugares en los que he trabajado ninguno me ha deparado tanta felicidad ni satisfacción como este: todos, creo o creo recordar, me han dado una suerte de contento casi siempre retrospectivo, agridulce y suave, un aprendizaje que te llega con el tiempo, a veces, piensa uno, tarde, pero ninguno me ha parecido desde el principio tan certero, tan adecuado, tan liberador, tan creativo como este trabajo por debajo de mis cualificaciones. ¡Menuda presunción!

 

La cosa sucedía de la siguiente manera: todos los días, a excepción de los domingos –mi día libre–, o mejor dicho, todas las madrugadas a eso de las 3.30 de la mañana, cuando la mayoría de los diarios ya habían llegado a la ciudad, nos reuníamos un grupo de 10 ó 12 repartidores, casi todos extranjeros, en un pequeño local semiabierto donde el repartidor con mayúsculas, esto es, el que tenía la furgoneta, había dejado –arrojado– paquetes y paquetes de periódicos. Empezábamos entonces la frenética faena: desempaquetar, comprobar cuáles eran los que correspondían a nuestras rutas, poner los periódicos en unas enormes bolsas de plástico que a modo de alforjas llevábamos colocadas en la parte trasera de la bicicleta y… a pedalear, pedalear, correr, correr, repartir. Así hasta las 7.00 ó 7.30 de la mañana, dependiendo de la distancia de la ruta, de la pericia del repartidor y de las condiciones meteorológicas.

 

Nunca en mi vida me he encontrado tan en forma (sin pagar gimnasio), tan activo (sin tomar café), ni tan despreocupado (sin ser estudiante) como en ese período dorado de mi vida. Para ganar dinero suficiente con el que poder sobrevivir había que tener al menos tres rutas y ello suponía hacerlas todas corriendo. Cabe recordar que en esta ciudad la mayoría de los edificios, antiguos pero bien conservados, no disponen de ascensor y que el cliente lo que desea no es sólo el periódico sino escuchar cómo éste se desliza por la rendija de la puerta, saber que pronto tendrá que levantarse, preparar el café, comenzar la rutina implacable y deseada del día. El trabajo consistía, pues, en bajar de la bici rápidamente, justo al pie de cada portal, sacar el manojo de llaves, encontrar la llave correspondiente (numerada) o el código de la puerta, sacar los periódicos (yo tenía 5 diarios distintos) y dejarlos caer suavemente dentro de la rendija de la puerta del abonado. Sencillo, limpio, satisfactorio. De todos los trabajos que he tenido en mi vida, el único, pasados los primeros días (al principio uno confunde calles, números, apellidos, periódicos), que nunca me ha producido irritación, frustración. Objetivo, mecánico, solitario. Terminado, cerrado, concreto.

Son las 4 de la madrugada de un día cualquiera y aquí estoy sentado en mi despacho, junto a mi ordenador, empecinado en realizar un trabajo, que según todos los parámetros, se ajusta milimétricamente a mis cualificaciones. Quizá objetivamente, por encima de mis cualificaciones –justo es reconocerlo–. Tengo insomnio y siento esa punzada de dolor que me da el haber hecho una pregunta errónea o inadecuada en clase, haber escrito un comentario demasiado duro, no haber sabido motivar a uno de mis estudiantes. Ando dándole vueltas a errores, situaciones del día, comentarios inapropiados, gestos feos…, y entretanto, contrariado, miro la curva detestable e indecente de mi barriga. Son las cuatro de la mañana, sí, y no puedo dormir y oigo el abrir violento de una puerta –la de mi portal– en la noche, unos pasos acelerados subiendo las escaleras y el roce del papel contra el metal de la ranura de la puerta. El periódico que cae sobre el felpudo que tenemos en la entrada: un sonido perturbador que sin embargo me alivia. Lo reconozco de inmediato. Como en trance me dirijo con paso cansino hacia la entrada y mientras recojo el periódico del suelo me pregunto qué títulos y sueños traerá ese muchacho debajo del brazo. Y una sonrisa se esboza en mi rostro pensando en aquella lejana conversación telefónica con mi madre y quiero saber entonces quiénes de sus vecinos, tal vez los más beligerantes, han descubierto ya qué clase de periodismo ejercí».

 

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